16 feb. 2012

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia

Parte II

 Arthur Jermyn era hijo de sir Alfred Jermyn y una cantante de cabaret de antecedentes desconocidos. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre fue con su hijo a Jermyn House, donde no quedaba nadie que pudiera oponerse a su presencia. No carecía de nociones acerca de lo que debe ser la dignidad de un noble y procuró que su hijo gozara de la mejor educación que un peculio limitado podía proporcionar. Los recursos familiares ahora se encontraban lamentablemente menguados y Jermyn House había caído en una desdichada postración, pero el joven Arthur amaba el viejo edificio y cuanto contenía. En contra de otros Jermyn precedentes, era un poeta y un soñador. Algunas familias vecinas que habían oído hablar de sir Wade Jermyn y su invisible esposa afirmaban que en él se manifestaba la sangre latina, pero la mayoría se limitaba a sonreír con desdén ante su sentido de la belleza, atribuyéndola a su madre artista, socialmente rechazada. La delicadeza poética de Arthur Jermyn era lo más destacable, debido a su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn habían estado dotados de un aspecto algo extraño y repelente, pero en el caso de Arthur esto resultaba sumamente impresionante. Resulta difícil describir su aspecto, ero su expresión, el ángulo facial y la longitud de brazos provocaban un escalofrío de repulsa en aquellos que se topaban por primera vez con él.


   Lo que hacía olvidar la apariencia de Arthur Jermyn estaba en su intelecto y su carácter. Culto y talentoso, había logrado los más altos honores en Oxford y parecía capaz de restaurar la fama intelectual de su familia. Aunque su temperamento era más poético que científico, pensaba proseguir el trabajo de sus antepasados sobre etnología y antigüedades africanas, utilizando la verdaderamente maravillosa colección de sir Wade. Su mente fantasiosa pensaba a menudo en la prehistórica civilización en la que el enloquecido explorador creyera tan a pies juntillas, y entretejía un cuento tras otro sobre la silenciosa ciudad de la jungla, mencionada en las postreras y más estrafalarias notas y párrafos, ya que las nebulosas aseveraciones sobre una indescriptible e insospechada raza de híbridos selváticos despertaban en él un peculiar sentimiento, mezcla de terror y atracción, y especulaba sobre las fuentes posibles de tal fantasía, buscando arrojar luz sobre los más recientes datos recogidos por su tatarabuelo y Samuel Seaton entre los ongas.

   En 1911, tras la muerte de su madre, sir Arthur Jermyn decidió continuar sus investigaciones sobre el terreno. Vendiendo parte de sus posesiones para obtener el dinero necesario, equipó una expedición y se embarcó rumbo al Congo. Contratando con las autoridades belgas un equipo de guías, pasó un año en territorio onga y kaliri, logrando datos que sobrepasaban cualquier esperanza. Entre los kaliris había un anciano jefe llamado Mwanu que gozaba no sólo de prodigiosa memoria, sino también de un singular grado de inteligencia e interés por las viejas tradiciones. Este anciano confirmó cada relato oído por Jermyn, añadiendo narraciones propias acerca de la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como le fuera narrado.

   Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas ya no existían, habiendo sido exterminadas por los belicosos n’bangus hacía muchos años. Esta tribu, tras destruir la mayoría de los edificios y matar a todo ser viviente, se había llevado la diosa momificada que fuera el objetivo de su incursión, diosa mono blanca que los extraños seres adoraban, y que según la tradición congoleña era el cuerpo de quien reinara como princesa entre tales seres. Qué habían sido exactamente las simiescas criaturas blancas, Mwanu no sabía decirlo, pero pensaba que fueron los constructores de la ciudad arruinada. Jermyn no pudo sacar conclusiones, ya que una indagación más profunda lo llevó a una leyenda sumamente pintoresca sobre la diosa embalsamada.

   La princesa mono, según se decía, se convirtió en consorte de un gran dios blanco llegado del oeste. Durante largo tiempo reinaron juntos sobre la ciudad, pero, al tener un hijo, los tres se marcharon. Más tare el dios y la princesa volvieron, y, tras la muerte de ésta, su divino esposo había momificado el cuerpo, encerrándolo en una inmensa mansión de piedra, donde recibía adoración. Luego volvió a marcharse solo. A partir de aquí la leyenda parecía presentar tres variantes. Según una primera versión, no sucedió nada con posterioridad excepto que la diosa momificada se convirtió en símbolo de supremacía, por lo que todas las tribus ansiaban poseerla. Ése fue el motivo por el que los n’bangus se la llevaron. Una segunda historia habla del regreso del dios y de su muerte a los pies de su deificada esposa. La tercera relata el regreso del hijo, llegado a la madurez –madurez de mono o de dios, según- aunque desconocedor de su identidad. Sin duda, los imaginativos negros habían estirado cualesquiera sucesos que pudiera haber bajo la estrafalaria leyenda.
   
   Arthur ya no albergaba dudas sobre la existencia de la ciudad selvática descrita por el viejo sir Wade, y no sufrió una gran impresión cuando a principios de 1912 descubrió sus ruinas. Su tamaño había sido exagerado por los relatos, pero las piedras que quedaban probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no pudo descubrir relieves, y el pequeño tamaño de la expedición desaconsejaba operaciones tendentes a franquear el único acceso visible que llevaba abajo, al sistema de bóvedas mencionado por sir Wade. Preguntó sobre los monos blancos y la diosa momificada a todos los jefes nativos de la región, pero hubo de ser un europeo quien probara la información suministrada por el viejo Mwanu. M. Verhaeren, un agente belga y tratante del Congo, creía que podía no sólo localizar, sino también conseguir la diosa embalsamada, acerca de la que tenía vagas noticias, ya que los otrora poderosos n’bangus eran ahora dóciles súbditos del gobierno del rey Alberto, y sin demasiados esfuerzos podría convencerlos para que se librasen de esa tosca deidad robada. Cuando Jermyn embarcó rumbo a Inglaterra, por tanto, lo hizo con la exultante posibilidad de que en pocos meses llegaría a sus manos un resto etnológico sin precio, capaz de confirmar las más extravagantes historias de su tatarabuelo…, es decir, lo más extravagante que jamás oyera. Los coterráneos próximos a Jermyn House quizás habían oído cuentos aún más extraños, transmitidos por antepasados que habían escuchado a sir Wade sentados a las mesas del Knight’s Head.

   Arthur Jermyn aguardó con gran paciencia la ansiada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente diligencia los manuscritos legados por su enloquecido antepasado. Comenzaba a sentirse cada vez más afín a sir Wade y a buscar reliquias tanto de la vida personal de éste en Inglaterra como de sus aventuras africanas. Los relatos orales sobre su esposa, misteriosa y recluida, habían sido abundantes, pero no quedaba ningún rastro de su estancia en Jermyn House. Jermyn se preguntaba la razón de tal hecho y llegó a la conclusión de que la fuente estaba en la locura de su esposo. De su tatarabuela, recordaba, decían que era hija de un mercader portugués de África. Sin dura su estirpe pragmática y su conocimiento superficial del Continente Negro le habían llevado a burlarse de los relatos de sir Wade sobre el interior, algo que un hombre así no lograría olvidar. Ella había perecido en África, quizás arrastrada allí por un marido dispuesto a probar sus afirmaciones. Pero al tiempo que se permitía tales lucubraciones, Jermyn no podía por menos que sonreírse ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de aquellos dos extraños antepasados suyos.

   En junio de 1913 llegó una carta de M. Verhaeren notificando el hallazgo de la diosa momificada. Era, según el belga, un objeto de lo más extraordinario, algo bastante fuera de la capacidad de clasificación de un lego. Si era humano o simio, sólo un científico podía dictaminarlo, y el proceso de dictamen se vería estorbado en gran modo por el mal estado de conservación. El paso del tiempo y el clima del Congo no resultaban idóneos para las momias, especialmente si su preparación era cosa de aficionados, como parecía ser el caso. En torno al cuello de la criatura se había descubierto una cadena de oro con un guardapelo vacío, ostentando blasones nobiliarios; sin duda, el recuerdo de algún desgraciado viajero cogido por los n’bangus y colgado en el cuello de la diosa como un presente. Respecto a las facciones de la momia, M. Verhaeren sugería una pintoresca comparación, o mejor, expresaba un humorístico asombro acerca de lo impresionante que resultaría a su corresponsal, pero mostraba demasiado interés científico como para gastar mucha palabrería en liviandades. La diosa momificada, escribía, llegaría debidamente embalada alrededor de un mes tras la recepción de la carta.

   La caja fue recibida en Jermyn House en la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo inmediatamente transportada a la gran estancia que albergaba la colección de curiosidades africanas, tal y como decidieran sir Robert y Arthur. Lo que ocurrió después puede colegirse con seguridad por los relatos de los criados, así como por los objetos y papeles posteriormente objeto de examen. De las diferentes narraciones, la del anciano Soames, el mayordomo de la familia, resulta la más amplia y coherente. Según este hombre cabal, sir Arthur echó a todos de la sala antes de la apertura de la caja, aunque el inmediato resonar de martillo y escoplo demostraban que no había retardado la operación. No se oyó nada durante cierto tiempo; exactamente cuánto es algo que Soames no puede precisar, pero está convencido de que menos de un cuarto de hora más tarde se escuchó un grito horrible, procedente sin duda de Arthur. Inmediatamente después Arthur salió del cuarto corriendo frenéticamente hacia la delantera de la casa como si algún terrible enemigo fuese en su persecución. La expresión de su rostro, una cara ya de por sí bastante fea, resultaba indescriptible. Cerca ya de la puerta principal pareció caer en la cuenta de algo y dio un giro a su huida, desapareciendo finalmente escaleras abajo en dirección al sótano. Los criados quedaron totalmente atónitos y espiaron desde lo alto de las escaleras, pero el amo no volvía. Tras caer la noche se escuchó un golpeteo en la puerta que iba del sótano al patio, y un mozo de cuadras vio a Arthur, reluciendo de pies a cabeza por la gasolina derramada y apestando a tal líquido, escabullirse furtivamente hacia el exterior y desaparecer en el negro páramo que circundaba la casa. Entonces, en una exaltación de horror supremo, todos asistieron al final. Brotó una chispa en el páramo, se alzó una llamarada y una columna de fuego humano rozó los cielos. El linaje de los Jermyn tocó a su fin.

   El motivo por el que los restos calcinados de Arthur no fueron recogidos y enterrados reside en lo hallado después, principalmente en el ser de la caja. La diosa momificada resultaba una visión nauseabunda, marchita y carcomida, pero aun claramente un mono blanco, embalsamado y de alguna especie desconocida, menos peluda e infinitamente más cercana a los humanos que cualquier variedad descrita…, de hecho, bastante escalofriante. Las descripciones en detalle podrían resultar desagradables, pero hay dos particularidades sobresalientes que deben reseñarse, ya que encajan estremecedoramente con algunas anotaciones de las expediciones africanas de sir Wade Jermyn y con las leyendas congoleñas del dios blanco y la princesa mono. Las dos particularidades en cuestión son éstas: las armas del guardapelo dorado del cuello del ser eran las de los Jermyn, y la jocosa insinuación de  M. Verhaeren sobre cierto parecido con el rostro arrugado se ajustaba con vívido, espantoso y antinatural horror a nada menos que al sensible Arthur Jermyn, tataranieto de sir Wade Jermyn, y una “mujer” desconocida. Los miembros del Real Instituto Antropológico quemaron el ser y arrojaron el guardapelo a un pozo, y algunos niegan que Arthur Jermyn haya jamás existido.


Issis.


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